
Tal como cita el periódico El Civismo en su edición del Sábado último http://www.elcivismo.com.ar/edicion/2009/enero/17/7446masinfo03.htm , la plaza Colon pareciera encontrarse en un estadio terminal. Al respecto quería compartir una evocación y también una reflexión. Respecto de la primera, me remonto a mediados de los 70’s e inclusive la primera mitad de los 80’s. En mi cabeza, los espacios de la plaza se configuraban con armónica cadencia según un peculiar trazado: por la Calle San Martín un paseo eminentemente familiar, era también “la vereda” de transito hacia el resto del “Centro” y también la vía de retorno. Esta particular disposición se articulaba con la primitiva Heladería El Rosedal, la cual amerita un post por separado, los helados formaban parte del “combo”, palabra que por aquella época no poseía ningún significado, de las salidas de fin de semana. Ir al Centro, tomar un helado, sentarse en la plaza, ver pasar los autos, ver pasar los otros vecinos, ver pasar….
Dentro de mi particular topología de la Plaza, las calles laterales (obviamente es cuestión de perspectiva y de relatividad jerárquica) eran espacios menos transitados, menos iluminados inclusive, mas aptos para las parejas que encontraban su cenit en las pérgolas de la Calle Mitre, donde no había luz en las mismas, o en su defecto era muy escasa, pero lejos de constituir un sinónimo de inseguridad, era una invitación para las pasiones de antaño, era la posibilidad de brindarse profundos besos, de “hacer el novio”. Llevar a una chica a las pérgolas de la Plaza, era todo un horizonte de lo que la pasión permitía, sustrayéndose del ojo público, o inclusive contando con la validación de la legalidad de antaño. En la zona central, caracterizada por el cantero circular y los bancos en rededor, el paisaje volvía su fisonomía “familiera”, las diagonales eran ante todo arterias de tránsito, y los pequeños pasajes intermediarios, volvían a cobijar a los noviecitos o proyectos de tal.
Esta es la sucinta evocación de la Plaza que bien podría titular a la manera de Les Luthiers, “Pequeña Topología no ilustrada del predio conocido como Plaza Colón, de su ubicación, de sus usos y costumbres, de lo que era y lo que fue”. Dejo para una segunda parte la reflexión…
Dentro de mi particular topología de la Plaza, las calles laterales (obviamente es cuestión de perspectiva y de relatividad jerárquica) eran espacios menos transitados, menos iluminados inclusive, mas aptos para las parejas que encontraban su cenit en las pérgolas de la Calle Mitre, donde no había luz en las mismas, o en su defecto era muy escasa, pero lejos de constituir un sinónimo de inseguridad, era una invitación para las pasiones de antaño, era la posibilidad de brindarse profundos besos, de “hacer el novio”. Llevar a una chica a las pérgolas de la Plaza, era todo un horizonte de lo que la pasión permitía, sustrayéndose del ojo público, o inclusive contando con la validación de la legalidad de antaño. En la zona central, caracterizada por el cantero circular y los bancos en rededor, el paisaje volvía su fisonomía “familiera”, las diagonales eran ante todo arterias de tránsito, y los pequeños pasajes intermediarios, volvían a cobijar a los noviecitos o proyectos de tal.
Esta es la sucinta evocación de la Plaza que bien podría titular a la manera de Les Luthiers, “Pequeña Topología no ilustrada del predio conocido como Plaza Colón, de su ubicación, de sus usos y costumbres, de lo que era y lo que fue”. Dejo para una segunda parte la reflexión…

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